Hace unos meses, leí un ensayo que Martin Scorsese publicó en Harper’s, titulado Il Maestro, en el que recordaba a Fellini y denunciaba que la magia del cine se había perdido, particularmente porque se había reducido a un “negocio”. En una parte, culpó de ello también a las plataformas de streaming: cuyos algoritmos “tratan al espectador como un consumidor y nada más”.

Un poco antes, cuando la pandemia nos mostró las desigualdades que venían siendo disimuladas por nuestro crecimiento macroeconómico, Martín Caparrós publicó el artículo La guerra del cerdo (en alusión a la novela de Bioy Casares en la que los jóvenes deciden matar a los viejos). En una parte hace alusión a la salud: hay quienes deben hacer cola y hay quienes tiene el “derecho” a una buena atención médica, pues “el cliente, a diferencia del ciudadano, siempre tiene la razón”.

Si nos damos cuenta, el enfoque de nuestro mercado está en el consumidor y no en la persona. Es natural que el mercado “piense” así, es comprensible que lo haga, pues aquella entidad abstracta no es, sino, la búsqueda de maximizar beneficios al menor costo posible. Estamos, por cierto, en serios problemas, si es que este sesgo se refuerza desde el propio Estado.
EsSalud está siendo investigada por concertar con empresas la adquisición de equipos médicos sobrevalorados y en mal estado. Funcionarios públicos también son investigados por vender cupos para acceder a camas UCI. Indecopi incorporó en su proyecto de regulación del comercio electrónico la posibilidad de que los proveedores “confirmen” (o no) la compra que hagamos y por la cual incluso ya hayamos pagado.

Las empresas requieren consumidores, por eso se preocupan por el “quiebre de stock” o por asumir la menor cantidad de obligaciones cuando intermedian en un mercado (p. e. de taxis o delivery). Es el Estado el que debe preocuparse de que nuestros derechos como personas no se vean relegados. Aquí algunas empresas pueden destacar si es que interiorizan que el cumplimiento normativo no se agota en evitar sanciones, sino en mejorar la calidad.
Aunque a veces se piense lo contrario, la labor de equilibrar la rentabilidad de las empresas con el bienestar de los ciudadanos recae en los llamados derechos de leal y libre competencia y de protección de los consumidores. El consumidor no es una variable más para medir la eficiencia, la persona es la causa de que existan formas (como puede serlo el libre mercado) de lograr su bienestar.

Christian Guzmán Arias – Abogado Senior del Área de Consumidor y Competencia Torres y Torres Lara Abogados

Leer la nota completa aquí.